Cristina Simón
Estamos acostumbrados a la integración de todas nuestras actividades en el sistema monetario. El tiempo es oro –y por tanto todo aquello en lo que empleamos nuestro tiempo suele tener un correlato en términos de moneda de curso legal. Pero esto no siempre ha sido así. Los orígenes de nuestro sistema comercial están basados en el puro trueque, bienes por bienes. Es la esencia original de la sofisticada Nueva Economía: con el transcurrir de los siglos hemos pasado de ‘cambio ropa por comida’ a ‘cambio conocimiento por stock options’, lo cual supone un salto abismal, dado que las stock options no son más que una 'sublimación freudiana' de la remuneración.
El hecho es que el tiempo está cobrando un valor creciente en nuestra sociedad. Como comentaba el consejero delegado de Sony en una reciente ceremonia de graduación de nuestros MBAs, el sector de entretenimiento no debe enfocar su estrategia de negocio sobre la base de lo que la gente quiere comprar, sino de qué quiere y puede hacer con su tiempo. En la época actual el tiempo también trasciende la distancia: no importa a cuántos kilómetros vives de tu trabajo, sino cuánto tiempo tardas en recorrerlos.

Ambas ideas son recientes (surgieron en los años 80), pero su aplicación se extiende con rapidez, y representan una interesante forma de poner los recursos humanos al servicio de la ayuda comunitaria. La idea es que una persona registra su repertorio de habilidades que puede aportar, y las pone a disposición de los miembros de la red. Una hora de servicio se computa como tal, y proporciona derecho a disfrutar del equivalente a otra hora de servicio de otro de los miembros. El cuidado de dependientes y las labores de docencia parecen ser las tareas más demandadas por el momento, pero mi sensación es que la gama de actividades puede extenderse mucho en el futuro.
Desde un punto de vista de recursos humanos, los bancos de tiempo (que están ganando creciente aceptación en España) aportan dos ideas sugerentes. En primer lugar, optimizan el uso que podemos hacer de nuestras habilidades –a veces parecería que sólo tiene valor lo que sabemos hacer si podemos ponerlo al servicio de un negocio-. Pero sobre todo retoman el tiempo como un concepto central en nuestra vida actual, situando el ‘factor dinero’ allá donde debe estar, al menos entre los que tenemos la suerte de tener el suficiente como para vivir aceptablemente. Porque, parafraseando a un reciente mensaje publicitario ‘Y si el verdadero lujo fuera el tiempo…?’… pues entonces tendríamos un serio problema, porque como todos sabemos el tiempo es irreversible –a diferencia del dinero; otro punto más en consideración para que prestemos más atención a lo que hacemos con nuestro tiempo y nuestra vida.
La vida es tiempo, no dinero. Sin embargo, el tiempo que invertimos en eso que necesitamos o que nos gusta, cuesta dinero. Si quieres dar clases de inglés o de piano, dinero; si quieres aprender a esquiar, dinero; si quieres dar un curso de informática o de protocolo, dinero.
Conclusión: el tiempo tiende al dinero.
Por eso es para mí muy esperanzador ver propuestas como ésta, en la que el dinero pierde su valor numérico, ese valor "impuesto por la sociedad", por la economía tradicional, por la ley de la oferta y demanda. Sobre todo es esperanzador para nosotros, los jóvenes, que no nos sobra el dinero (al menos, por el momento; todo llegará...).
Si estas fórmulas proliferan, me parece una estupenda forma de gestionar nuestro conocimiento, de desarrollarnos no sólo a nivel profesional sino también personal. Y todo gracias a esta simple transación no númerica, y no necesariamente proporcional, sino sólo temporal: el favor por favor.
El tiempo no espera a nadie. Tenemos que aprovecharlo al máximo.