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La generación que viene

Miguel Delgado

Descubro a raíz de un artículo [1] de Expansión & Empleo [2] la palabra downshift. Parece ser que el downshifting [3] es un concepto que refleja una nueva filosofía de vida -surgió en EEUU pero cada vez está cobrando más fuerza en Europa-, y se resume en la siguiente idea: las generaciones de hoy creen que “no compensa trabajar tantas horas porque lo que se obtiene a cambio es difícil de disfrutar.”

Según esta apreciación, los jóvenes de hoy, y los venideros, conforman una nueva generación que podríamos calificar como la Generación del Ocio, que se caracteriza porque sus miembros aspiran a menos en términos económicos o profesionales a cambio de más tiempo para dedicar al ocio. Es, por tanto, una generación cansada de la euforia materialista que impera hoy en día en los países más desarrollados. Y yo, personalmente, me identifico con ella.


Entro de lleno en la Generación Y, según afirma mi jefa, que sabe mucho de este tema. Y tengo muchas dudas e incertidumbres sobre mi futuro laboral, porque, sinceramente, no aspiro tanto a crecer como empleado porque le doy más importancia a crecer como persona. En mi opinión, hoy en día mucha gente aspira y se esfuerza por desarrollarse profesionalmente más por convención social –te lo impone la sociedad- que por convicción propia. Yo, sin embargo, tengo claro que aquí estamos para disfrutar, y que lo más importante de mi vida es ser una buena persona y disfrutar de los míos. El problema es que en la mayoría de los trabajos, los jóvenes como yo, no sentimos esa cercanía respecto a la empresa, no la sentimos nuestra –no es nuestra familia, ni nuestro ocio, ni nuestro amigo-. Vemos a la empresa tan sólo como un medio para obtener dinero, dinero que a su vez es el medio para alcanzar nuestra felicidad personal y ociosa. Pero el dinero no es mi meta. No soy muy ambicioso. Quizá soy una de esas personas raras o inadaptadas, o quizá haya muchos como yo. El caso es que disfruto mucho más leyendo un libro de Walt Whitman [4] al sol –probarlo, leer a Whitman [5], sentir la vida-, que recibiendo un par de palmaditas en la espalda del jefe de sección por el estupendo trabajo que he realizado para la empresa. Empresa que no es la mía, puesto que la única empresa que me importa soy yo, mi felicidad y mi familia. Y la empresa de la empresa, valga la redundancia, es el dinero, no mi felicidad. Y si hace por mi felicidad, es por dinero, porque como todos sabemos bien, la gestión de los RRHH es un arma estratégica para producir más –dinero-.

Las empresas demandan empleados, pero lo que llegan, en muchos casos, son personas. Y estas personas, cada vez más, son menos ambiciosas profesionalmente que las generaciones pasadas. Así que algo falla. No soy yo el raro, o el único vago –como muchos pueden pensar-. Y creo que uno de los caminos más acertados para luchar contra esta tendencia es, como se comenta en el artículo de Expansión & Empleo [1], empezar a conciliar trabajo y ocio, acortando las jornadas laborales o flexibilizándolas mucho más, aunque esto suponga incluso una reducción de salario, porque hay cosas más importantes que el dinero. Por ejemplo, tú. Lo que pasa que todo cuesta dinero, y cada vez más. La economía avanza, pero los sueldos están estancados. Así que estamos pillados…

Vivimos en una “sociedad-máquina de producir deseos” –término del filósofo francés Gilles Deleuze [6]-, es decir, una sociedad consumista en la que compramos miles de artículos que la mayoría de las veces son más que prescindibles para una vida plena. E incluso entrando en el juego consumista, todo el mundo sabe que cualquier producto que se oferta hoy en día nos vende placer. Lo paradójico es que lo compramos compulsivamente, y luego no tenemos tiempo para disfrutarlo. ¿Absurdo no? Pues en eso estamos. Cada vez queremos más dinero para comprar un placer que rara vez vamos a tener tiempo de disfrutar.

Yo tengo más objetivos personales e intelectuales que profesionales o económicos. En mi caso, sueño con ser escritor, no directivo. Y sueño con un mundo mejor, más solidario -a todos los niveles-, porque aún soy joven, rebelde y soñador. A ver cuánto me dura. Supongo que hasta que llegue el peso de la hipoteca o cuando lleguen los niños, lo que me convertirá en un trabajador más, sin más aspiraciones que el dinero. Y adiós al downshifting. Fue bonito mientras duró…

Nota del autor:

Cuando digo “empresa que no es la mía, puesto que la única empresa que me importa soy yo, mi felicidad y mi familia”, quizá sea egoísta, pero es que he crecido en un aura de protección y bienestar, con todas las facilidades; nos habéis malacostumbrado.

No porque vosotros hayáis sufrido una vida laboral mucho más dura y sacrificada tenemos que vivirla nosotros. El ojo por ojo deja a la humanidad ciega –lo decía Gandhi [7], y yo respeto a Gandhi-. Es como si aceptásemos de nuevo que se pegasen reglazos a los niños en el colegio. Yo creo que es mejor evolucionar a mejor.

Luchasteis por un mundo mejor para vuestros hijos, y ahora que lo tienen o aspiran a tenerlo, ¿cuál es el problema?