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May

¿Nos marchamos para casa, o nos quedamos un ratito?

Escrito el 15 mayo 2011 por Alberto Andreu en Uncategorized

Hace años mantuve una conversación curiosa. “Bueno –le dije a uno de mis jefes; creo que me voy a marchar ya para casa, que va siendo hora. Pues yo no –me contestó él; como llegue ahora me toca bañar y dar de cenar a los niños. Y tengo cuatro; espérame un ratito y a las nueve y media ya no hay peligro- concluyó”. ¿Cuántas veces, amigo lector, ha presenciado una conversación parecida a ésta?. Y, sin ánimo de ser aprendiz de Torquemada,… ¿acaso no ha caídoUd. en la misma trampa?.

Pues bien. Este es el tema de hoy: las “largas y duras” jornadas laborales… ¿responden a una necesidad real de trabajo o son simples excusas para desaparecer y no afrontar tu propia vida personal? No nos engañemos: para el comportamiento organizativo, tan negativo es lo uno (trabajar 16 horas diarias porque estoy desbordado), como lo otro (no irme a casa porque mis hijos, mi pareja o mi perro me dan más problemas que alegrías). Recuerdo que a un importante ejecutivo español le apodaban el “seven eleven” -como las famosas tiendas 24 horas norteamericanas-, porque hacía jornadas de 7 de la mañana a 11 de la noche. Y lo triste del caso es que su gente le aplaudía por ello.

Por eso me ha parecido interesante reflexionar sobre el impacto de las jornadas laborales de sol a sol en la vida organizativa y personal. Veamos, pues, los factores que contribuyen a ello.

Para empezar, creo que podemos encontrar un primer bloque de factores que tienen que ver con propia forma de ser de los españoles, con nuestro hábitat y nuestra cultura. Y aquí, la comida es un factor cultural por excelencia. En España es costumbre invertir hasta tres horas diarias en almuerzos parecidos a las Bodas de Caná: dos platos, postre, copa, café, puro, y vino a discreción. Recuerdo hace años la perplejidad de un colega norteamericano cuando nos convocaron a una reunión “a primera hora de la tarde”, a eso de las 5. Su frase fue lapidaria: “No os entiendo –nos dijo-; aquí empezáis a trabajar a la hora en la que en mi país nos marchamos a casa”. Y además, el asunto de las comidas produce un efecto cascada: las tres horas de almuerzo de los directivos provocan una especie de perverso agujero negro laboral. Trabajar a esas horas vale para poco: ni te ven, ni son horas que cuenten para eso de “estar disponible”: “Ya sé que estas mucho tiempo aquí –le dijo un directivo a su asistente-; lo que pasa es que estás a las horas en las que yo no te necesito”. Triste, pero cierto.

Junto al almuerzo, otro factor cultural es el tamaño de las ciudades y la estructura del transporte público. En las grandes capitales norteamericanas y europeas perder el tren de las 5 o de las 6 supone no llegar a casa hasta bien entrada la noche. Y eso no es muy frecuente en nuestro país, donde ni por las distancias, ni por la cultura del transporte público: en Londres me encontré con un ejecutivo con bombín. En un futuro, y con el desarrollo de los trenes de alta velocidad, no será raro trabajar a doscientos kilómetros de tu oficina.

Los factores organizativos constituyen el segundo gran bloque generador de horarios esquizofrénicos, aunque por suerte o por desgracia no son exclusivos de nuestro país. Entre ellos, y sin ánimo de ser exhaustivos, podemos destacar dos. El primero, por rutinario y habitual, es la dificultad o incapacidad de encontrar criterios para “evaluar el desempeño”. Como suele ser difícil encontrar algo objetivo con lo que medir ese trabajo que no está vinculado a ventas y que “puede hacer cualquiera”, se recurre a las horas como receta estándar. No es el mejor método porque unas veces ayuda y otras genera distorsiones. Si bien lo que se mide es lo mismo (las horas trabajadas), reconozcamos que muchos calientan el asiento. Y es que creo que Henry Bersong, el filósofo, tenía razón; “lo importante no es la duración de las cosas, sino la intensidad del tiempo vivido”. Pero claro, también hay que reconocer que no es infrecuente encontrar a una persona mirando el reloj de fichar tarjeta en ristre, esperando a que marque la hora exacta de salida: son capaces de cuadrar su horario al minuto.

El segundo factor organizativo, es la dificultad de fijar un horario obligatorio para abandonar los edificios. En nuestro país, la regla general es que cada uno se va cuando quiere o puede. Por el contrario, en muchas empresas norteamericanas y europeas, la regla general es que todos se van a la misma hora; la excepción es que quien se quedar a terminar algo tiene que pedir permiso extraordinario a sus superiores. Y eso obliga a trabajar con tensión: ni se estiran las cosas como el chicle, ni se marea la perdiz. Creánme, en muchos países no sólo esta mal visto romper la regla general, sino que también resulta una odisea intentar que te concedan el permiso. Igualito que en España.

Bien. Estos son, hasta ahora, los factores culturales y organizativos que impiden una cierta racionalización de los horarios de trabajo. He dejado a propósito para el final los factores personales que, en el fondo, tienen una influencia decisiva en este asunto. Y aquí, creo que hay que distinguir dos aspectos: la ausencia o saturación familiar y la íntima satisfacción que puede producir, o no, tal o cual cargo.  En el fondo, estos factores reflejan una realidad: a veces uno en la oficina está más a gusto y se siente más importante que en su propia casa.

Empecemos por la familia. Cualquiera que se haya enfrentado a las tareas domésticas sabe lo duro que es estar alerta al cien por cien, las veinticuatro horas del día, para cuidar, calmar, amansar y pacificar a esos “locos bajitos” que trotan por la casa. “!Bendita oficina!– me comentaba una amiga un lunes, después de haber lidiado con sus hijos y sobrinos un largo fin de semana. Y es que no podemos engañarnos: para quien no haya desarrollado habilidades especiales de convivencia (paciencia, capacidad de juego, mano izquierda…) es mas difícil y genera más estrés entenderse con los niños, que rebatir y negociar con cualquier jefe o colega que le pongan. Y si además de los crios, añades al menú al  conyuge, pareja, compañero sentimental o llámese como se quiera… el tema puede llegar a complicarse todavía más. ¿Cuántas copas post-trabajo ha visto tomar durante el último año para retrasar en lo posible la llegada a casa?. Por tanto, tengo la certeza de que una vida familiar difícil puede llegar a ser causa de prolongación innecesaria de la jornada laboral. Y por el contrario… ¿cuántas veces nos hemos quedado hasta las tantas porque nuestra familia está fuera de casa?.

Y sigamos por esa sensación de importancia que puede llegar a causar tal o cual cargo. A veces llegas a casa y no te dicen que sí a todo, no te reconocen autoridad, te discuten las decisiones y hasta se atreven a decirte que eso que estás proponiendo para arreglar el problema de los hijos es una soberana tontería. Y de repente te das cuenta que en casa no mandas, ni poco ni mucho ni nada, y de que la voz cantante la llevan normalmente los demás: tu pareja o tus hijos; tu lo mas que puedes hacer es no oponerte. Y si eso es así no un día, ni dos, ni tres, ni cuatro, sino durante mucho tiempo… a lo mejor me compensa quedarme en un ambiente menos hostil.

Y esta es la realidad. Las circunstancias no acompañan. El trabajo es absorbente, es una verdadera máquina de consumir tiempo que no tienes. Eso es una verdad implacable. Pero no te engañes: no lo utilices como excusa permanente para desaparecer de tu vida: siempre hay algo en tu mano que puedas hacer. Y esos limites muchas veces son mentales. Y los pones tu

Te invito a visitar mi Blog albertoandreu.com

Comentarios

Paco Vázquez 17 mayo 2011 - 10:29

Muy bueno. Cuanta verdad hay en este port

Cristina 17 mayo 2011 - 11:22

Que razón tienes! Pero nos queda muchísimo por avanzar en este país. Creo que lo principal es el cambio cultural que va muy, muy despacio……… y la adopción en las empresas también lleva paso de tortuga………. Gracias por escribir este tipo de artículos, por lo menos alguien comaprte mi forma de pensar y actuar.

Alberto Andreu 17 mayo 2011 - 12:10

Gracias Crsitina. España, a diferencia de la cultura anglosajona, tiene predileccion por la cultra presencial Vs la cultura del resultado. El clima. las relaciones sociales y la forma de hacer negocios (casi siempre en torno a una mesa), condiciona mucho nuestro comportamiento. El mundo Anglosajon es tipico que la gente coma en su mesa, un sanwich o una ensalada, y son eso “ganan” mucho tiempo; salen ganando. Pero lo que gana de horarios…quizá lo pierdan en otras cosas que nosotros tengamos. En cualquier caso, hay cosas que no se pueden “mantener” por mucho más tiempo.

Pedro López 17 mayo 2011 - 22:44

Sinceramente creo que la persona que quiera huir de su familia, allá él. El problema principal reside en que todavía prima más la cantidad que la calidad en el número de horas de trabajo.

En mi sector, la construcción, es típico empezar a tener las reuniones entre Jefes de Obra y Responsables de Area a partir de la 7 de la tarde, cuando llevan desde las 5 de la tarde en la oficina discutiendo sobre lo divino y lo humano.

La mejor solución: edificios de oficinas que cierren a una hora determinada, que ya lo ha comentado usted, y sólo permitir permanecer en él fuera del horario estipulado con una justificación más que suficiente.

Clarissa 21 enero 2015 - 21:45

Grandes ideas, no hay duda, a veces debemos centrarnos en construir algo mejor.

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Mariano 24 agosto 2015 - 18:03

Aquí en España todo el mundo está mirando su reloj en cuanto se acerca la hora de salida, como por otra parte es normal. Pero hay muchas empresas que te escatiman siempre unos minutos de tu vida, bajo la amenaza del despido y con esto se hacen fuertes.
http://www.relojeriaferma.com

El blog de tu bebé 26 agosto 2015 - 09:25

Hay que tener paciencia para mantener la compostura con los niños, ya que estos a veces nos pueden dar muchos quebraderos de cabeza. Pero paciencia, que al final el resultado es súper satisfactorio con los niños.

El blog de tu bebé – http://www.elblogdetubebe.com/catalogo-de-ropa-para-ninos-mango-2015/

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